lunes, 12 de octubre de 2009

Mi confrontación con la docencia

Realice mis estudios en el Sistema Nacional para la Enseñanza Profesional de la Danza. Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea del INBA. Mi profesión de origen es Bailarín de Concierto, la cual tuvo un duración de 8 años, posteriormente para poder ser profesora, tuve que estudiar dos años más, otorgándome un certificado como profesora de danza contemporánea. Sin embargo, mi experiencia como docente comenzó tiempo atrás, cuando estudiaba el sexto año de la carrera y algunos de los profesores me empezaron a invitar a suplir sus clases, así fui supliendo clases durante dos años; mismos en los que me asignaron dos grupos de danza clásica, en estos ya tenía una remuneración económica y al terminar el profesorado me asignaron la plaza con 30 horas, que son las que tengo en la actualidad. En mi escuela laboré por 5 años y solicité mi cambio cuando nació mi hija, ahora laboro en el CEDART Diego Rivera del INBA con una antigüedad de 18 años. A lo largo de estos años he ido afinando mi pensar sobre lo que considero que es un profesor, en mi opinión personal un profesor no es como un simple instructor, sino como un tutor que en la vida misma cobra sentido, se convierte en un modelo y guía para sus alumnos. Es cierto, que un maestro enseña, es decir, muestra el conocimiento y las formas de vida en las que se aplica; en sentido amplio, el camino de la ciencia, el arte, el bien. Y cuando ocurre que no sólo mostramos el conocimiento sino que lo orientamos para aplicarlo y motivarlo para amarlo, hacerlo propio y enriquecerlo, traspasa la línea del saber para abrir la del ser. Es entonces cuando nos transformamos en educadores, es decir, en motivadores de la mejora personal de los alumnos, en promotores del perfeccionamiento integral de las personas. Quien sólo enseña, cumple un programa preestablecido (a veces no completo), está centrado en su enseñanza, es transmisor de saberes, califica resultados. Quien además educa, cumple una misión de servicio, busca el bien del alumno. Yo como maestra tengo claro que el valor de mi trabajo está en el perfeccionamiento de otros; me asumo como servidor público, sé leer entre líneas los gestos, actitudes, rasgos físicos y emocionales de los educandos para descubrir lo que necesitan.
La educación es en síntesis para mí, un proceso personal, permanente y dinámico, de perfeccionamiento integral de todas las capacidades humanas. Y la figura del maestro cobra fuerza a partir de este concepto, pues se convierte en el agente promotor de ese proceso de perfeccionamiento humano. Los libros son su fuente de consulta, las técnicas y recursos didácticos son su apoyo metodológico. Pero, en última instancia, yo pienso y siento que la figura del maestro es insustituible su profesión es la capacidad educativa, que sólo se desarrolla a través de la relación interpersonal y lo que hace irrepetible su persona es el contenido axiológico de su ser. El maestro es, pues, un formador de mentes, un formador de almas que deja huellas de valor en el alma de sus educandos.
Siento que un maestro desarrolla un perfil equilibrado entre lo que sabe, hace, tiene y es; cuyo eje es su ser personal, pues como sabemos, las palabras mueven pero el ejemplo arrastra. El maestro enseña a los alumnos con lo que sabe, más o menos según su capacidad; pero educa o frena su perfeccionamiento humano según lo que es como persona.
Al preguntarme qué ha significado ser docente en educación media superior, recordé que un maestro denota ilusión magisterial, cuando proyecta el amor por lo que hace; pero, sobre todo, amor por aquellos para quienes él hace y él es. Así me siento desde que soy profesora, siento una gran vocación por lo que hago. Hay personas que parecen tener una aptitud natural para orientar a otras, quienes a poco que sepan de algo son capaces de explicarlo. Otras «trabajan de maestros» pero no lo son; dan clases mientras encuentran «un mejor empleo», lo cual indica que no consideran que lo mejor para ellos está ahí. Otras más hacen de la docencia una rutina sin brillo ni vida, intentan reproducir textos, repetir programas, realizar lo mismo día a día. En cambio, hay quienes amamos lo que hacemos y aprendemos a ver detrás de la mirada de cada alumno, nos enamoramos de la profesión y hacemos de la docencia un apostolado profesional.
Para mí, ser educador por vocación es uno de los mejores escenarios para descubrir la riqueza de la vida humana, es encontrar la plenitud personal en el servicio al perfeccionamiento ajeno y hacer de este una meta, un reto y una misión de vida. Como todos sabemos la vocación es el conjunto de intereses, necesidades, aptitudes, ideales y circunstancias personales que al conjuntarse hacen que el sujeto se sienta atraído hacia una profesión o forma de vida y capaz de afrontar los retos que supone. La vocación se descubre y desarrolla hasta convertirse en «un proyecto operativo de realización vital». No se trata de un destino predeterminado, sino de un llamado interior al cual cada quien responde libremente. Considero que durante estos años he intentado cultivar la vocación profesional con el esfuerzo diario; a partir de la libre elección, me falta aún estudiar más, reflexionar, ejercitarme, equivocarme y rectificar, amar lo que estudié y por ello mismo buscar su perfección. A medida que la vocación se desarrolla, la persona disfruta lo que hace, aprende y se perfecciona en su profesión y como persona.
Es necesario poner en juego la razón, voluntad y amor propio hacia lo que hacemos, y saber mover el alma de nuestros alumnos hacia aquello que les perfecciona integralmente. Quienes somos maestros por vocación, sabemos, con particular claridad, que no hay profesión más gratificante que aquella en la que se pone en juego el propio valor personal —en la doble acepción del término: valía y valentía— para desarrollar el de otros seres; para encauzarlos nada menos que en el cumplimiento de su vocación humana y divina. Mi mayor satisfacción durante mi experiencia docente es ver como aceptan a los alumnos en las escuelas profesionales y hasta algunos en compañías internacionales. Los motivos de insatisfacción que reconozco son aquellas ocasiones en que tengo que modificar una calificación por ordenes de mis autoridades, porque un alumno tiene algún familiar con un cargo importante dentro del sistema educativo; también cuando un adolescente no sabe manejar sus habilidades sociales y no le permiten la admisión a una escuela por ello y no por sus capacidades.

1 comentario:

  1. hola Gaby:
    un saludo afectuoso desde estas tierras huastecas.
    Te habia hecho un extenso comentario y algo paso que se borro, te comentaba que existe una gran riqueza de conceptos dado que tienes las herramientas para hacerlo, y que comparto contigo los motivos de satisfaccion y que debemos seguir cultivandonos integralmente, y que la plenitud de nuestra vida radica en ejercer nuestra vocacion con verdadero amor.
    A proposito te hice un comentario en el foro.

    hasta pronto Gaby.

    Agustin

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